“¿Por qué el Metro puede ir lleno y nosotros no?”: el cine y el teatro español protestan por las medidas en las salas

Por Alberto García Palomo

Los espectáculos en lugares cerrados han tenido que adaptarse a unas restricciones que no se cumplen en otros lugares, lo que ha provocado quejas y dudas de este sector cultural.

“Nada, nada, nada. No hay nada”. Repite esta letanía Carles Castillo, actor valenciano de 61 años. Al frente de la compañía Imprebís desde hace décadas —junto a Carles Montoliú— y habitual en la cartelera de teatros en distintas ciudades españolas, Castillo lamenta la situación actual del gremio. Tanto en las tablas como en las salas de cine. “¿Si un avión o un tren pueden ir llenos, por qué nosotros no?”, se queja. Como él, algunas voces de la cultura llevan reclamando una mayor atención del Gobierno tras la pandemia de coronavirus.

Han sufrido no solo la parálisis de rodajes, funciones, festivales o actuaciones privadas. También se han subido amputados a la llamada “nueva normalidad”: los cines y teatros tendrán que ajustar sus espacios, permitiendo la distancia de seguridad entre espectadores y considerando otras medidas de contención del virus como la venta online, el cobro con tarjeta o la espera en el exterior para evitar aglomeraciones. El resultado, de momento, es devastador: la mayoría de ellos aún no ha abierto, los certámenes se han cancelado y solo algunos se atreven a subir la persiana. Ni siquiera la partida de 20 millones de euros de presupuesto que anunció el Gobierno, destinada a avales o subvenciones, evita la sangría.

“Explíquenmelo en otro idioma, porque en español últimamente no lo entiendo: ¿cómo puede venir un avión lleno, cuando a veces el viaje tarda más que una obra de teatro, y dejar cerrados los teatros? En un teatro cabe más de un avión repartiéndolo por plateas, palcos, etcétera. La cultura no es un lujo, es un derecho. Pido que se cambie de actitud, que habléis con profesionales, que esto se arregla entre todos”, declara Castillo en un vídeo subido a Youtube, antes de alegrarse por la apertura de algunos locales, aunque sean públicos. “En esos no importa tanto si va más gente o no, porque terminamos pagando los mismos. Pero hay que pensar en las salas pequeñas, que solo pueden alojar 60 personas, ¿qué van a hacer?”, cuestiona el actor, que justo acaba de ser contratado para estrenar Giramundo, un texto escrito durante la epidemia.

Sus interrogantes han sido respaldados últimamente por Jorge Cadaval, miembro del dúo cómico Los Morancos, o el actor Tristán Ulloa. “¿Me podéis explicar por qué el AVE iba lleno hasta la boca, que no lo entiendo?”, preguntaba el primero en un vídeo. “Consciente de que vivimos rodeados de expertos en la materia por todas partes, ¿alguien con criterios sanitarios/epidemiológicos puede explicar la convivencia de estas dos imágenes?”, exponía el segundo en su cuenta de Twitter, acompañándolo con una imagen de un avión lleno y un teatro vacío.

Precisamente, Ulloa declinó participar hace unas semanas en lo que llamaron Apagón Cultural, una protesta virtual de los creadores. Pretendía llamar la atención de las autoridades y ser considerados dentro de la crisis sanitaria y económica sufrida a raíz de la pandemia del coronavirus. Según los últimos datos del Ministerio, el sector sumaba 690.000 empleos y suponía un 3,2% del PIB (Producto Interior Bruto) del país en 2018. Además, como defienden desde el gremio, ha sido uno de los pilares del confinamiento: no han sustituido a la levadura para el pan casero, pero sí que han alimentado las horas a través de las pantallas.

​”Debería tener un papel prioritario porque es una necesidad básica, ha hecho que mantuviéramos la cordura”, advierte Joe O’Curneen, fundador de la compañía Yllana y director del teatro Alfil, en Madrid. Esta sala, de 200 localidades, va a permanecer cerrada al menos hasta octubre. Sus 12 empleados, además, tuvieron que acogerse a un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE).

“Uno de los mayores problemas es que no sabemos a lo que nos atenemos. Antes teníamos unos parámetros y, aunque el teatro nunca haya sido muy rentable, nos acogíamos a eso. Ahora iremos escalonadamente, abriendo dos días a la semana”, sopesa quien aglutinaba espectáculos matinales, obras de madrugadas y ciclos de flamenco.

O’Curneen no quiere azuzar la polémica comparándose con otros sectores. Ve cierta “incoherencia” en algunas decisiones, pero piensa que quizás se deba a que el transportes es de primera necesidad. “Lo que está claro es que hay muchas variables que no controlamos y están en juego muchos negocios”, defiende. Pol Gil Marimon, responsable de la Mostra de Igualada, en Cataluña, coincide con él. Las iniciativas privadas están en la cuerda floja. “Y las compañías también se llevan un golpe muy fuerte”, cuenta quien tuvo que cancelar el festival en marzo y no ve salida hasta septiembre.

“Creo que la cultura siempre se va hacia un derrotero peligroso, pero al final retoma el camino y se salva”, dice Gil, optimista.

Últimamente, de hecho, ha habido dos alegrías para el gremio. Por un lado, el Teatro Real de Madrid se inauguró en la era pos-COVID con La Traviata, obteniendo un gran éxito de críticas y un aplauso por su adaptación a las restricciones. Y en el Liceu barcelonés, igual: el artista Eugenio Ampudia llenó las butacas de plantas para representar el Concierto del bioceno, recibiendo halagos y foco mediático. Además, la Red Española de Teatros, Auditorios, Circuitos y Festivales de Titularidad Pública (Redescena) presentó un documento con “52 medidas extraordinarias para afrontar las consecuencias de la crisis sanitarias”.

“Se han anunciado medidas económicas audaces y extraordinarias, pero no son suficientemente específicas ni garantizan una respuesta adecuada para un colectivo que tiene unas características muy distintas a las de otros sectores productivos”, alegaba Carlos Morán, presidente de Redescena, en un artículo de El País. “Nuestro trabajo es esencialmente estacional, intermitente y artesanal, por lo que difícilmente podemos beneficiarnos de las ayudas que se están aprobando de manera general”, apuntaba.

Àngels Queralt, distribuidora de 49 años y responsable de Dos Orillas Cultura, narra vehementemente que justo se ha subido a un tren y no podía ni moverse. “La gente sin mascarillas, todos juntos…”, protesta. Vive en Perpiñán (Francia), donde su marido regenta un teatro, y viaja a menudo a Barcelona.

“No sé qué decir porque no soy científica, pero no comprendo por qué unos sitios sí y otros no. Creo que hay que cumplir con nuestras responsabilidades y que abrir con cuidado, porque lo de la pandemia no se recupera, pero podemos ganar algo de aire abordando el corto plazo de forma razonable. Si no, se nos aniquila el futuro”, indica.

Futuro, en cualquier caso, incierto. “El teatro siempre ha sido y será una ruina. Con esto, se convierte en una ruina al cuadrado”, apostilla al respecto Marta Arán, actriz y directora. Ella empezaba recientemente a “pensar en vivir de él”. Finalista a Mejor Autoría Revelación en los premios Max por Els dies mentits (Todos los días en que mentí, en castellano) tiene “poca esperanza”: “Hay mucha inquietud. Perder estos meses supone mucho en las programaciones y en las compañías. Y no acabo de entender las diferencias de trato. Supongo que será porque no somos rentables”.

En el cine, el panorama es similar. Muchos aún no se atreven a abrir. No les merece la pena, aunque se haya ampliado el porcentaje de aforo al 75%. La FECE (Federación de Cines de España, que agrupa al 80% de las salas) calcula que la reducción originará pérdidas mensuales de 43,5 millones de euros y claman al Estado ayudas “proporcionales a las restricciones”. Lo tienen difícil: el Banco de España prevé una caída del 20% del PIB en el segundo trimestre de 2020. Y augura que la recuperación no llegará hasta finales de 2022.

Concretamente, esta agrupación solicita que se adapten los ERTE por fuerza mayor a la limitación de la actividad y pide un fondo “específico y finalista” que ajuste el coste de mantener los cines cerrados. También han hablado de precios de alquiler proporcionales al aforo disponible, ayudas directas de compensación a los costes del protocolo de reapertura, fondos autonómicos “de rescate” y medidas en el ámbito local que contemplen la bonificación y exención del pago de impuestos como el IBI y el IAE (de bienes inmuebles y hacienda).

Deja una respuesta