Inmunidad natural versus inmunidad por vacuna

Por Dennis Prager

Nunca se sabe cuándo algo que uno dice se convertirá en viral. Ha sucedido varias veces en mi carrera, la última de ellas los comentarios que hice en mi programa de radio nacional hace unas semanas cuando tuve COVID-19.

Dije que esperaba alcanzar la inmunidad natural, ya que la ciencia —evidente, por ejemplo, en un importante estudio de Israel, una de las sociedades más pro-vacunas y altamente vacunadas del mundo— sugiere firmemente que la inmunidad natural proporciona una protección más robusta y duradera contra el COVID-19 que la que han demostrado proporcionar las actuales vacunas contra el COVID-19.

En concreto, dije que había abrazado y había hecho fotos con miles de personas desde el principio de la pandemia. Tenía dos razones para hacerlo: 1) decidí muy pronto que no viviría mi vida con miedo, sino que viviría con normalidad; y 2) si me contagiaba el virus, confiaba en que la terapéutica profiláctica y los nutrientes que había estado tomando durante más de un año —ivermectina, hidroxicloroquina, zinc, megadosis de vitamina D, vitamina C y selenio (y una infusión de anticuerpos monoclonales una vez que diera positivo en la prueba de COVID-19)— me protegerían de las graves consecuencias.

Lo más importante es que, desde el comienzo de la pandemia en 2020, dije repetidamente que elegía vivir con normalidad, no esconderme en mi casa. Por mucho que quiera vivir una larga vida, siempre he creído que el propósito de la vida es vivir plenamente, no necesariamente mucho tiempo (aunque, por supuesto, también quiero eso, solo que no a expensas de una vida normal).

Mis síntomas de COVID-19 consistieron en escalofríos durante tres días, tos y fatiga durante una semana, y pérdida del gusto durante un día. Me perdí tres días de radio, pero no me perdí ningún discurso (volé de California a Florida para dar un discurso cinco días después de dar negativo).

Desde la CNN hasta el Washington Post, los principales medios de comunicación nacionales se burlaron de mí. Ni qué decir tiene que ninguno de ellos se molestó en entrevistarme o invitarme a responder por escrito o en persona. Así es como funcionan ahora las cosas en Estados Unidos: los medios de comunicación atacan y se burlan de aquellos con los que difieren, pero no ofrecen ninguna oportunidad para que la parte atacada responda. Sobre la base de unas pocas frases proporcionadas por un sitio de ataque basado en la mentira (Media Matters), el Washington Post, por ejemplo, escribió un artículo entero sobre mí y esos comentarios. Más sobre esto en la próxima columna.

Comencemos con mi premisa: que la inmunidad natural es más robusta que una vacuna (o al menos las vacunas que tenemos actualmente). Eso es lo que informó un gran estudio realizado en Israel, uno de los países más pro-vacunas y altamente vacunados del mundo.

El 25 de agosto, medRxiv publicó un estudio “preprint” realizado por 10 científicos israelíes, todos ellos asociados a un instituto de investigación israelí, Maccabitech, en Tel Aviv. Entre los 10 hay tres médicos, tres profesores de epidemiología, dos profesores de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Tel Aviv y un investigador adjunto de la División de Epidemiología y Genética del Cáncer de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. La conclusión del estudio: “Este estudio demostró que la inmunidad natural confiere una protección más duradera y fuerte contra la infección, la enfermedad sintomática y la hospitalización causadas por la variante Delta del SARS-CoV-2, en comparación con la inmunidad inducida por la vacuna de dos dosis BNT162b2”.

El 26 de agosto, Science, una de las revistas científicas más citadas del mundo, publicada por la American Association for the Advancement of Science, publicó un artículo sobre el estudio israelí. Su frase inicial dice: “La protección inmunitaria natural que se desarrolla después de una infección por SARS-CoV-2 ofrece un escudo considerablemente mayor contra la variante Delta del coronavirus pandémico que dos dosis de la vacuna de Pfizer-BioNTech”.

Martin Kulldorff, profesor de medicina de la Facultad de Medicina de Harvard, confirmó el estudio israelí: “En Israel, los individuos vacunados tenían un riesgo 27 veces mayor de infección sintomática por COVID en comparación con los que tenían inmunidad natural por una enfermedad anterior por COVID”.

Un estudio de la Clínica Cleveland llegó a la misma conclusión. Publicado el 5 de junio de 2021, también en medRxiv, concluyó que “Los individuos que han tenido una infección por SARS-CoV-2 probablemente no se beneficien de la vacunación contra el COVID-19”.

Incluso antes de los estudios israelíes y de la Clínica Cleveland, un estudio de la Universidad de Nueva York que comparaba la inmunidad de la vacuna con la inmunidad natural concluyó que las personas que habían tenido COVID-19 estaban mejor protegidas contra el virus: “En los pacientes de COVID-19, las respuestas inmunitarias se caracterizaban por una respuesta de interferón muy aumentada que estaba en gran medida ausente en los receptores de la vacuna”.

Un estudio de la Universidad Rockefeller publicado el 24 de agosto concluyó, al igual que el estudio de Israel, que “una infección natural puede inducir la maduración de anticuerpos con una actividad más amplia que la de una vacuna. El estudio añadía inmediatamente que conseguir la inmunidad natural implica contraer el COVID-19, y una infección natural también puede matarte”.

Pero esa advertencia válida no niega su conclusión a favor de la inmunidad natural. El estudio tampoco advierte que recibir la vacuna también puede inducir consecuencias perjudiciales. Para su eterna vergüenza, ese es un tema tabú en la comunidad médica de Estados Unidos, a pesar de que el sitio web del Sistema de Notificación de Efectos Adversos de las Vacunas (VAERS) de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades enumera más de 700.000 casos de presuntas lesiones y más de 17.000 muertes, por lo demás inesperadas, asociadas temporalmente a las vacunas COVID-19.

La semana pasada, los medios de comunicación informaron de que los CDC anunciaron que las vacunas proporcionaban una mayor inmunidad que la natural. Pero la forma en que los CDC llegaron a esta conclusión es casi indescifrable, si no simplemente deshonesta.

Así es como el Dr. Peter Hotez, un portavoz pro-vacunas y codirector del Centro de Desarrollo de Vacunas del Hospital Infantil de Texas, resumió el estudio de Kentucky:

Los Centros de Control de Enfermedades, en su “MMWR” (Informe Semanal de Morbilidad y Mortalidad), publicaron un estudio muy interesante de Kentucky en el que se comparaba a los individuos que estaban infectados y se recuperaban y decidían no vacunarse con los que estaban infectados y se recuperaban y se vacunaban además. Y claramente, los que eligieron no vacunarse se reinfectaron en tasas mucho más altas, varias veces más altas, que los que se infectaron y se recuperaron y se vacunaron.

Esos comentarios son completamente irrelevantes para el tema en cuestión. La comparación que yo y otros hacemos es entre la inmunidad natural y la inmunidad de la vacuna. El estudio de los CDC-Kentucky no es una comparación entre la inmunidad natural y la inmunidad de la vacuna; es una comparación entre los que recibieron una vacuna después de la inmunidad natural y los que no recibieron una vacuna después de alcanzar la inmunidad natural.

El director de los NIH, Francis Collins, también utilizó el estudio de Kentucky para evitar la cuestión de la inmunidad recuperada por el COVID frente a la inmunidad por la vacuna. El 12 de agosto, dijo a Fox News:

Hubo un estudio publicado por el CDC hace apenas 10 días en Kentucky ¿Cuál fue el nivel de protección? Era más del doble de protección para las personas que se habían vacunado que para las que habían tenido una infección natural. Eso está muy claro en ese estudio de Kentucky. Sabes que eso sorprende a la gente. A mí me sorprende que la vacuna sea mejor que la infección natural.

Este informe de los CDC y la confusión deliberada por parte de Hotez y Collins de dos grupos completamente diferentes —los recuperados de la COVID (con o sin vacuna) y los vacunados que nunca tuvieron la COVID-19- son algunas de las muchas razones por las que muchos estadounidenses ya no confían en el establecimiento médico estadounidense.

Fuente: American Greatness

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