Extraño huésped

Víctor Elías Aquino

Al rayar el telón del alba, caminaba despacio al portal de salida, cuando de repente irrumpió en la escena otro ocupante no silencioso de la vivienda, que decidió abandonarla a la misma hora que yo. No fue un choque de trenes.

Dicen que las despedidas son tristes. ¡No estoy llorando! ¡Que le vaya bien!

Por casi dos años, estuvimos cobijados por el mismo concreto, disfrutamos las mismas lluvias, vientos, soles y atardeceres; mirando los mismos ambientes de frescura.

En el primer año, su presencia fue un puro enigma, a veces me despertaba a las 5:00 p.m. con un extraño sonido que imitaba el trino de una avecilla.

Muchas veces me levantaba de madrugada, hacia el alféizar junto a la ventana; pensé que solo se trataba de una avecilla triste motivada por la sed.

Develado un día, esperé a un vecino, imité para él el extraño sonido, y en seguida me dijo: “yo creía lo mismo, pero no es un pajarito, sino una salamanquesa, que decidió libre y voluntariamente vivir en su casa”.

A partir de ahí, comencé a respetar los espacios del reptil que, a veces aparecía detrás de mi cuadro favorito, o en las noches me acompañaba a disfrutar de los programas de noticias.

Hoy, que salió de la casa, pienso en la pareja del reptil, en su cría. Hace días, mientras tomaba café, encontré un pequeño óvalo, tan minúsculo como tres granos de arroz, y cuando fue a sostenerlo, me di cuenta que había destruido una de las crías de mi vecina de vivienda.

Si alguien ve a la salamanquesa, por favor, -díganle que familia unida permanece unida. Carlos José, que no gusta de leer poesía, me dijo un buen día, Vì, escríbele un poema, a lo que respondí no me aconsejes…

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