Del fin de la “Guerra Fría” al “Nuevo Orden Mundial”

Por Jorge Reta

Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial en el año 1945, Europa enfrentaba grandes dificultades para alcanzar su pronta recuperación económica, política y social.

Además, se encontraba dividida en dos grandes bloques, cada uno liderado por las naciones más poderosas del momento: Estados Unidos junto a Gran Bretaña, representaba el bloque occidental con el sistema liberal capitalista, recordando sin embargo que España y Portugal se encontraban bajo los gobiernos dictatoriales de Francisco Franco y Antonio de Oliveira Salazar, respectivamente. Por su parte la Unión Soviética lideraba el bloque oriental y expandía el sistema comunista en los países que había ocupado como, Rumania, Bulgaria, Albania, Hungría, Polonia y Checoslovaquia.

En consecuencia se originó un enfrentamiento entre las dos naciones más potentes parar imponerse sobre la hegemonía mundial, lo que llevó al desarrollo de la “Guerra Fría”, que tiene fecha de inicio el 3 de septiembre de 1945 a las 09:01, cuando Japón firma la rendición incondicional ante los Aliados en el acorazado “Missouri” y este periodo mundial de inestabilidad extrema finaliza a su vez, con la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989 a las 21:30.

El paradigma dominante durante esta época internacional muy complicada fue la carrera armamentista por sumar cabezas nucleares de las dos grandes potencias que derivó en el controvertido equilibrio denominado la “destrucción mutua asegurada”, que impedía cualquier confrontación bélica de magnitud por las catastróficas consecuencias que sufriría la humanidad toda.

Por más de 40 años se extendió el enfrentamiento continuo por el dominio del mundo, pero dichas naciones no llevaron a cabo acciones directas como acabamos de ver por miedo a desatar una tercera guerra de escala mundial y nuclear, de allí la denominación de “Guerra Fría”.

El hito de la consolidación de esta nueva era de incertidumbre fue la Conferencia de Yalta, paradójicamente a partir de los desencuentros que existieron entre Iósif Stalin, enfrentado a Franklin Roosevelt y Winston Churchill. Esta situación derivó al empleo del término “Cortina de Hierro”, propuesto por varios políticos occidentales liderados por el Premier británico para referirse a la frontera política, económica, ideológica y que se había creado una vez que Europa quedó dividida en el bloque capitalista y el bloque comunista.

En esta Conferencia, principalmente Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido, quienes fueron los Aliados más poderosos que enfrentaron al Eje, tomaron diversas decisiones entorno a la reconstrucción de Europa, su nuevo orden territorial de posguerra y la repartición de Alemania en cuatro zonas.

Recordemos que el control total sobre Alemania quedó bajo el mando de los Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética, extendiéndose por casi cinco décadas. En principio esto se debió a la necesidad de desmilitarizar el territorio de todo resabio del nacional-socialismo responsable excluyente del inicio de la II Guerra Mundial, restablecer el orden democrático también pulverizado por el nazismo y delimitar finalmente las fronteras con Austria y Polonia.

Esto llevó a que Alemania fuese dividida en 1949 en la República Federal de Alemania bajo el dominio de los 4 países occidentales mencionados precedentemente y en la República Democrática Alemana, bajo el dominio de la Unión Soviética. En este último caso y entre sus consecuencias más nefastas se destaca la construcción del tristemente célebre Muro de la Vergüenza, ejemplo del fracaso del totalitarismo marxista desde 1918 hasta nuestros días.

Por otro lado cabe mencionar que aunque no se desataron ataques directos entre Estados Unidos y la Unión Soviética, sí se tomaron posiciones políticas y estratégicas trascendentes que influenciaron decisivamente en otros conflictos posteriores como fue la guerra de Corea o la de Vietnam. En este punto es importante mencionar que durante la “Guerra Fría” ocurrieron diversos acontecimientos que afectaron de una u otra manera a los países afectados por las decisiones políticas, económicas e ideológicas tomadas por los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Soviética, entre los que se destacan los siguientes que veremos a continuación.

En 1949 se constituyó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) a fin de formalizar una alianza militar y de defensa cuyo propósito fue que los Estados miembros se comprometieran a defender a los demás signatarios en caso de que alguno sea atacado por un Estado que no haya firmado dicho convenio. Como contrapartida, la Unión Soviética creó en mayo de 1955 el Tratado de Amistad, Colaboración y Asistencia Mutua, mejor conocido como el Pacto de Varsovia, cuya finalidad era evidentemente contrarrestar las fuerzas de la OTAN.

Durante este período se propició el desarrollo de misiles y armas de alto alcance y destrucción masiva por parte de Estados Unidos y la URSS y tal como vimos previamente, la posibilidad de que alguna de estas dos potencias se impusiera en el mundo llevó a la construcción de armas cada vez más potentes y destructivas. Se fabricaron en serie no solo bombas atómicas sino también de hidrógeno, infinitamente más letales y como consecuencia colateral, la tecnología militar gozó de un importante desarrollo y progreso como pocas veces se ha visto en la historia universal.

Pero la caída del Muro de Berlín fue la bisagra, el certificado de defunción de la “Guerra Fría” y el nacimiento del Nuevo Orden Internacional actualmente vigente en toda su magnitud y su correlato, el concepto de “seguridad colectiva” que por una parte sanciona y por la otra impide la utilización de la fuerza para la solución de los conflictos entre Estados.

Como consecuencia directa de este cambio fundamental de paradigmas, es decir, el abandono del Realismo como doctrina de las relaciones internacionales reemplazada por la teoría de la Interdependencia, comenzó al afianzamiento definitivo del Multilateralismo, cuyo antecedente más notorio en el inicio del siglo XX lo ubicamos el 8 de enero de 1918 cuando el presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson, para unos un idealista, para otros un pragmático, pronuncia un discurso ante el Congreso de su país en el que enuncia sus famosos Catorce Puntos que serían el fundamento del Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial. En el punto 14 propone la “… creación de una Liga de Naciones (la futura Sociedad de Naciones)…que tenía por objeto ofrecer garantías recíprocas de independencia política y territorial tanto a los pequeños como a los grandes Estados”. Estamos ya claramente ante el Multilateralismo tal como lo entendemos hoy con elementos que son claves para su eficacia, como la igualdad entre los actores, la inclusividad o el disponer de instrumentos de control del cumplimiento de sus fines y normas, que ya aparecían en el proyecto wilsoniano.

De todas maneras sería durante la II Guerra Mundial cuando se empieza a organizar el sistema internacional de la posguerra que desembocaría en la constitución de la Organización de Naciones Unidas (ONU), indudablemente el gran adalid del Multilateralismo moderno, potenciado exponencialmente con el nacimiento del Nuevo Orden Internacional. Indudablemente sigue siendo la U.N. una herramienta fundamental e imprescindible y que ha asumido desde su fundación roles fundamentales, especialmente post Muro de Berlín, para el mantenimiento e incluso imposición de la paz claramente manifestado durante la década del noventa con la Guerra del Golfo y la de Bosnia – Herzegovina.

De todo lo anterior se puede concluir que no solamente el Multilateralismo goza de excelente salud en el mundo actual profundamente interdependiente donde quedó demostrado que no es ni técnica, material ni políticamente posible, una acción coercitiva puramente Unilateral y menos aún, Bilateral.

En este siglo XXI se necesitará de Organismos Multilaterales aceptados por el conjunto de la comunidad internacional, que dicten las normas de actuación, supervisen y controlen las intervenciones y diriman las diferencias. En resumen que den legitimidad internacional a esas actuaciones ya que se trata de obtener resultados más efectivos representado por un Multilateralismo consolidado, con un nuevo reparto de poder que refleje las capacidades reales de sus miembros (en rigor, una actualización del concepto de “equilibrio de poder” del Tratado de Viena – 1815). Añadido a un enfoque más general de los intereses, valores y perspectivas de todos ellos alejándolas de la visión unívoca y simultáneamente un sistema de toma, aplicación de las decisiones y resoluciones adoptadas más acorde con la rapidez, inmediatez y velocidad que caracterizan al mundo de hoy. Nos referimos concretamente al flagelo mundial que significa el lamentable resurgimiento de nacionalismos representados por gobiernos populistas y racistas, increiblemente camuflados de democráticos pero que son la antítesis de los sistemas liberales basados en la efectiva división de poderes, plena vigencia de los derechos individuales, todos ellos enmarcados en sólidos estados de derecho.

En definitiva, este Nuevo Orden Internacional vigente que acaba de cumplir treinta años de progreso inigualable y paz generalizada, es la reafirmación de los más excelsos principios republicanos de gobierno cuyos resultados en el mediano plazo será continuar en el exitoso camino de la globalización, de la interdependencia, de las libertades económicas, de la apertura al mundo y en consecuencia, confirmar un no rotundo al aislacionismo.

El mundo así fortalecido seguirá avanzando en esta dirección con coraje, tolerancia, firmeza y decisión, superando los naturales inconvenientes que se presentan siempre cuando se realizan cambios profundos y radicales. Este es el fascinante desafío que se nos presenta actualmente, potenciado por el extraordinario legado de la Ilustración y de los grandes pensadores universales de la Libertad, entre ellos nuestro gran tucumano, el Dr. Juan Bautista Alberdi.

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