El poder transforma

Los especialistas del comportamiento humano no cesan de estudiar las deformaciones de individuos y de grupos en el ejercicio del poder. Y seguirán haciéndolo por su trascendencia y consecuencias.

En 1986, en un artículo que publicáramos en el Listín Diario, “Narcisismo y poder”, quisimos resumir lo que hasta entonces se entendía sobre la  psicología de los poderosos. Citamos  a los autores de mayor relevancia, y terminamos con una frase  de Bertrand Russel: “El poder junto, con la gloria, sigue siendo la aspiración más alta y la recompensa más grande de la humanidad”. Han pasado más de veinte años, los trabajos de investigación, ensayos,  libros y observaciones de líderes y gobernantes de diferentes culturas, ideología y colores son ingentes. Hoy podemos hablar de conclusiones  de consenso sobre  el desarrollo y la evolución del fenómeno. Las conclusiones son tan válidas y rigurosas como los de cualquier  síndrome médico. Quiero resumirlas aquí, y de esa manera  contribuir a que entendamos mejor a los que tanta lágrima y atraso han causado en este planeta por creer que lo merecen todo. Será, por supuesto, una brevísima síntesis.

“El elixir del poder es intoxicante”. Es un “high”, igual al del  alcohol,  en el que se  van reduciendo las inhibiciones. Los reguladores éticos, debilitados por una grandiosidad fermentada en el subconsciente, se desvanecen. (Dinámica intuida por Sigmund Freud a principios del siglo veinte.)

“El aumento de la secreción de adrenalina es el componente fisiológico de la mutación, principal responsable del incremento de energía y de actividad mental del sujeto”. Ejercer el poder es tan estimulante que aumenta la producción hormonal. “No hay mayor afrodisiaco que el poder”. Los poderosos, concentrados en sí mismos, van  haciéndose indiferentes a los demás. Dejan de tener semejantes y pasan a tener servidores.

El narcisismo es extremo, resultando en una exagerada autovaloración. El “anillo palaciego”, círculo íntimo de colaboradores, interdependientes todos, se constituye en corte. Se ocupan de suprimirle o endulzarle las malas noticias al monarca, y de exagerarle las buenas nuevas. Le  presentan  el “espejo mágico” que  dice imperativo: “tú eres lo más bello de este reino”.

El niño que llevamos dentro, antaño domesticado, pierde los controles y se coloca en el centro del universo, exigiendo atenciones, cuidados y obediencias sin límites. Ese niño, de pataletas frecuentes, ignora al resto de la humanidad, excepto cuando atenderla se ajuste a su conveniencia y gloria. Ocupados a tiempo completo en alimentar un ego agigantado, “adquieren una sensación de inmunidad que los hace sentirse por encima de la ley, incapaces de evaluar las consecuencias de sus errores.” Daño y castigo les son ajenos.

Mientras tanto, las sociedades sufren inexorablemente los dolores de esa  particular transformación que, sin llegar a ser locura, distorsiona la realidad lo suficiente como para ser peligrosa.

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