EU-China: diplomacia en declive

La cuestionada nominación de Rex Tillerson como próximo secretario de Estado generó su primera sacudida ayer, cuando el rotativo chino Global Times (cercano a la postura oficial china y editado en inglés) advirtió que Washington tendría que librar una guerra de gran escala para evitar el acceso de Pekín a las islas del mar Meridional de China, cuyas aguas son disputadas por la potencia asiática y otros cinco países (Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunei y Taiwán). El rotativo añadió que si el equipo diplomático de Trump forja las futuras relaciones chino-estadunidenses como está haciendo ahora, más vale que ambas partes se preparen para un enfrentamiento militar.

La víspera, Tillerson había lanzado la advertencia de que la futura administración impedirá la construcción de islas artificiales en el mar Meridional de China y que obstruirá el acceso de Pekín a éstas. Cabe recordar que el histórico reclamo del gobierno chino sobre la soberanía de esas aguas se vio envuelto en una escalada de tensiones desde julio pasado, cuando el tribunal internacional de La Haya falló en un arbitraje interpuesto por Filipinas rechazando el derecho que China reclama sobre el mencionado espacio marítimo.

La colisión declarativa entre el futuro secretario de Estado de Washington y medios cercanos a Pekín anticipa un diferendo preocupante, provisto de alusiones bélicas indeseables, entre ambos gobiernos. Su proyección económica y geopolítica y el hecho de que ambos sean potencias nucleares provocan que la sola mención de una confrontación armada se vuelva factor de alarma internacional.

Desde luego, es particularmente preocupante que este escenario vaya a tener como actor principal a un equipo gubernamental como el que entrará en funciones el viernes próximo, caracterizado por su cercanía ideológica con los halcones y con el complejo industrial-militar de Estados Unidos, por su falta de comprensión respecto de la realidad multipolar contemporánea y por su discurso belicista.

Sin embargo, no puede soslayarse que en el caso que se comenta las tensiones presentes entre Washington y Pekín son resultado del fracaso de la administración saliente, encabezada por Barack Obama, por imprimir a la diplomacia estadunidense de un matiz más moderado, inteligente y respetuoso de sus contrapartes internacionales.

En efecto, fuera de los acercamientos con Irán y Cuba, el legado de Obama en materia diplomática es de fracaso y decepción, así como de continuidad en la proyección imperial e injerencista de Estados Unidos en diversas regiones del mundo, y el mar Meridional de China no es una excepción: baste mencionar que uno de los factores que atizan el conflicto regional es la política de patrullaje militar estadunidense en la zona, que desde luego han sido interpretada como un gesto de hostilidad hacia Pekín.

Desde una perspectiva más general, la situación presente entre Estados Unidos y China obliga a ponderar hasta qué punto la administración Trump será verdaderamente un punto de viraje negativo respecto de la política exterior estadunidense y hasta qué punto prefigura una continuidad, con formas más hostiles, en todo caso, del rumbo adoptado por la superpotencia en los recientes ocho años.

(Editorial La Jornada)

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